viernes, 13 de marzo de 2009

¿Por qué no ir a por las cosas fáciles?

¿Por qué soñamos y anhelamos cosas que sabemos sobremanera que son imposibles? ¿Por qué no anhelar cosas que sabemos que podemos conseguir sin dificultad?

La respuesta a la segunda pregunta es muy fácil: porque nos aburriríamos. ¿Qué gratificación te da algo que no te ha costado conseguir? Prácticamente ninguna, y por ello carece de valor. Un ejemplo muy claro es la siguiente comparación entre dos asignaturas que aprobé el cuatrimestre pasado: una es Análisis y Diseño de Algoritmos (ADA) y la otra Técnicas Matemáticas de la Informática Gráfica (TMIG).

Pues bien, ambas las aprobé por evaluación alternativa, pero de formas muy distintas: TMIG la aprobé por parciales estudiando el mismo día de los exámenes, ya que éstos eran a última hora de la tarde y la materia no me representaba mucha dificultad. Sin embargo, para ADA, estuve estudiando desde semanas antes de los exámenes, amén de asistir a todas las prácticas y hacer tres trabajos optativos que subían la nota. Y… ¿cuál creéis que me gratificó más aprobar, independientemente de la nota? Pues obviamente la que me costó más, sin lugar a dudas.

Por tanto, y como conclusión, podemos decir que la gratificación al conseguir un objetivo es directamente proporcional al esfuerzo realizado para conseguirlo. También sabemos, que un esfuerzo, en sí mismo, no es agradable. Con estas dos premisas podemos llegar a una paradoja: La gratificación que obtienes al alcanzar una meta es directamente proporcional a la desagradabilidad de los esfuerzos realizados para conseguirla.

La respuesta a la primera, otro día será analizada.

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